Antiguamente se creía que la dislexia era una especie de ceguera congénita en las palabras hasta que en el año 1887 el oftalmólogo alemán Rudolf Berlín tituló esta condición como dislexia.
Años más tarde se comprobó que los disléxicos tienen dificultades para leer y escribir, pero no tenían ningún impedimento físico o mental que explicara su causa. Mas tarde los científicos Guy Ropars y Albert Le Floch hicieron un estudio donde analizaron los ojos de sesenta personas, treinta con dislexia y las otras treinta sin dislexia, gracias a esto se dieron cuenta que la fóvea es la encargada de enfocar los rayos luminosos y por ende es la que proporciona su máxima agudeza visual, es decir que cuando alguien se concentra en observar algo detalladamente está utilizando su fóvea.

Por otro lado los ojos cuentan con dos tipos de células fotorreceptoras: una es la encargada en procesar la luz, y otra se encarga de procesar los conos y los bastones.
A nivel oftalmológico gracias a los bastones podemos ver un cuarto poco iluminado sin embargo los conos son los que nos permiten distinguir los colores.

Estos científicos descubrieron que las fóveas de ambos grupos diferían. La mayoría de las personas tienen un ojo dominante al que el cerebro le tiene preferencia y le hace mas caso que al otro a la hora de procesar una imagen. También se ha comprobado que los ojos que no padecen de dislexia el hueco de la fóvea del ojo dominante es redondo, mientras que del otro ojo tiene una forma irregular. En el caso de los disléxicos los agujeros de ambos ojos son redondos, es decir que carecen de un ojo dominante, por eso el cerebro confunde la imagen y se hace como un efecto espejo entre un ojo y otro. Estos avances fueron publicados en la revista científica de la Real Sociedad de Londres para avances de las ciencias naturales y aunque no son determinantes pueden facilitar el diagnóstico en personas disléxicas.

Sarina Hayon







